Eran los dos únicos comensales de la cafetería. Sobre una libreta de contabilidad ella garabateaba números asistida por una calculadora. Él, sentado en una de las mesas del fondo, veía con atención una página de un periódico manoseado. A ratos salía Ulises de la cocina con el delantal manchado de amarillo y preguntaba por pronósticos deportivos.
--¿Pumas o Atlas?
--Pumas, por dos goles.
Ulises se sumergió de nuevo en la cocina amarilla y sebosa como su delantal. La muchacha metió la mano a su bolso, sacó un paquete de cigarros, encendió uno y comenzó a fumarlo ignorando, por primera vez en toda la noche, las cuentas que llevaba con cuidado debajo de los ojos. Miraba fijamente al hombre sentado en la mesa del fondo. Él levantó la mirada del periódico y se vieron, inexpresivos, sosteniéndose la mirada. El humo era lo único que se movía en el café viejo, el humo sucio y opaco, bañado por la luz blanca que lame todo el local.
-¡Carajo! , no se puede fumar aquí. –Ulises salió escupido de la cocina, las manos en la cintura, la frente arrugada por el gesto de desprecio.
-No lo sabía. Perdón. –La voz de la mujer sonó suave y subió como el humo hasta enredarse en la luz. Dejó caer el cigarro en la taza de café donde se extinguió con los sedimentos.
-Otro café, por favor.
-Sí. Cerramos en media hora. –Y luego, dirigiéndose al hombre, Ulises agrega –Tú sí te puedes quedar, flaco.
El cuerpo huesudo del dependiente entró a la cocina mientras murmuraba quejas. En poco minutos volvió con una taza que llevó a la mesa de la muchacha , sin verla siquiera.
-¿El diablo o Ramírez?
-Ramírez, por knockout en el tercer round.
-¡Me estás jodiendo!
-No, te digo que así va a ser.
-No, esa no te la creo flaco. El diablo viene con todo.
-No me creas y ya.
-No te enojes flaco, es sólo que creo que el diablo va a destruir al otro muchacho.
-Cómo creas, Uli.
-¿No piensas argumentar?
-Hoy no estoy de humor. Se murió el viejo.
-¿Qué viejo? ¿Tu viejo?
-Sí. El periódico está lleno de condolencias. Era importante el viejo.
-Pero si ni lo querías, flaco.
-Ni lo quiero ahora Uli, es sólo que me da rabia que se haya muerto así, tan tranquilo sin haber pagado nada.
-Acá los poderosos nunca pagan, flaco. Isabel trajo un mezcal, te sirvo.
-No Uli, estoy bien.
-¡Me estás jodiendo!
Como impulsado por un resorte, Ulises volvió a ser tragado por la cocina, sólo para emerger ya sin el delantal blanco y con dos vasos y una botella. Sin preguntar, sirvió un chorro de mezcal en cada vaso y se sentó a la mesa.
-Un paro cardiaco. El muy puerco.
-¿Qué más te da como haya muerto, flaco?
-Ese cabrón no merecía morir tranquilo y viejo en su cama. Ese cabrón merecía morir en la cárcel, solo. Es más, ese cabrón no merecía morir nunca y quedarse viviendo para siempre en la cochina inmundicia que él solito creo.
-De las veces que lo vi en la televisión, no parecía tan malo.
-Un hijo de puta, Uli. Era un hijo de puta. ¿Te acuerdas de la muchacha rubia que apareció encajuelada hace unos años?
-Sí, pobre chica. Era linda.
-Fue él.
-¡Me estás jodiendo!
-No Uli, era su novia y él la mandó matar.
-No Uli, era su novia y él la mandó matar.
-¿En serio?
-Por mi madre. Y no fue la única vez que el viejo se manchó de sangre. Desde que entró al partido comenzó a cortar cabezas. Hijo de puta.
-Yo pensé que sólo era corrupto.
-Una caja de sorpresas, ya ves.
-Esa gente nunca se muestra como en realidad es, como es por dentro, flaco.
Él apuró el trago de mezcal, cerró el periódico, plagado de esquelas ante él.
-Pues debería. ¿No crees que todo iría mejor si siempre nos mostráramos como somos por dentro, nuestras vergüenzas, nuestra putrefacción?
-Tal vez flaco, tal vez. –Ulises recogió los dos vasos, se levantó y palmeando a su amigo en el hombro agregó: -Vamos por la siguiente a mi casa, ya quiero cerrar esto. –Y dirigiéndose a la muchacha que, al otro extremo de la cafetería, frente al espejo que abarcaba toda la pared, parecía no escuchar ni enterarse de nada: -Ya vamos a cerrar señorita, son cuarenta y cinco pesos.
-No Ulises, gracias. No quiero seguir bebiendo, quiero estar muy consciente. Me quiero acordar de este día siempre.
-Eres raro flaco, eres raro.
La muchacha sacó un monedero de su bolso café y dejó un billete de cincuenta pesos sobre la mesa, recogió su calculadora, su libreta, se puso el abrigo que colgaba en su respaldo y salió de la cafetería. Las suelas de madera de sus zapatos marcaban un ritmo acompasado que retumbaba en las paredes desgastadas. El hombre se llevó la mano al pantalón, sacó su billetera y entró a la cocina dónde Ulises lavaba los últimos trastes.
-Estaba buena, ¿no, flaco?
-Muy delgaducha.
-Pues no la quieres para parir a tus hijos.
-Me voy Uli, quiero estar solo.
-Bueno, cuídate mucho flaco, ya no pienses en el viejo.
-Sólo voy a pensar en el viejo. Nos vemos pronto, Uli.
-¿Flaco?
-Dime.
-Dime.
-Va a ganar el diablo.
El hombre le extendió un billete arrugado y estrechó la mano de Ulises. Después, salió de la cafetería a la noche inacabable que devoraba el barrio.
Al llegar a la esquina escuchó un caminar acompasado, como de pies de madera chocando contra el pavimento.
-Así que eres hijo de Cabrera.
-Sí. Contra mi voluntad.
-Mi hermano estaba en el Frente.
-¿Qué frente?
-El de las Juventudes Revolucionarias, los que tu papá desapareció.
-Lo siento muchísimo. ¿Te puedo ayudar de algún modo?
-¡Revívelo, cabrón!
-De verdad lo siento.
-No es tu culpa.
-Eso es lo peor. Ojalá y lo fuera para poder expiar la culpa.
-Era un buen muchacho. Mi madre estaba como loca, se arrancaba el cabello y se aferró con tanta fuerza al ataúd que apenas tres personas pudieron separarla. Yo tenía siete años.
-Lo siento.
-No. No sientes nada. No tendrías porqué, no lo hiciste tú.
-¿A dónde vas?
-No sé, no hay ya nada abierto y quiero otro café.
-En mi casa hay una cafetera, déjame por lo menos ayudarte con eso.
La muchacha lo miró con atención; la gabardina arrugada, los zapatos desgastados y los pantalones luidos. No parecía el hijo de Cabrera, ni siquiera físicamente: sólo en la curva de la nariz se adivinaba la cara rapaz del político. No, ni los ojos verdes ni el cabello erizado del asesino.
-Está bien, vamos. –Encendió un cigarro y comenzaron a caminar juntos, se detuvieron frente a un viejo edificio y entraron a la estructura triste que brotaba, como un cáncer gris, de la banqueta.
La muchacha se sorprendió ante la sobriedad del departamento. Una pequeña habitación sin más muebles que dos sillas y una cocineta; una habitación más en la que sólo había una cama mal tendida y un ropero.
-Pensé que tendrías dinero.
-Ya ves que no. El periódico no da para mucho.
-¿Eres periodista?
-Corrector. Todas esas condolencias, yo las corregí.
-Quién lo viera. El hijo de Cabrera corrigiendo sus propios pésames para un periódico.
-Es un modo de traicionarme. No debí haber corregido nada, debí haber botado todo y escribir la verdad. Pero necesito el trabajo. Hasta muerto me tiene agarrado de los huevos este viejo. -El hombre puso la cafetera y se sentó en el piso, enfrente de la silla que ocupaba la muchacha.
-¿Recuerdas mucho de tu hermano?
-Algunas cosas. Él me enseñó a nadar. Recuerdo que sus amigos del Frente llegaban a la casa y fumaban en la cocina. La capa de humo que se estancaba alrededor de la bombilla siempre me pareció bellísima. -La mano del hombre se colocó sobre la rodilla de la muchacha, ella no lo repelió.
-Tenía sólo veinte años. Mi madre, mis hermanas, todos lloraban y yo no entendía qué había pasado. Nadie me dijo nada. Era como si al decirme a mí que había muerto la muerte se fuera a materializar y volverse más real. Lo entendí hasta el velorio, apenas y lloré: todo eso era nuevo.
-¿Lo extrañas?
-No realmente, pero me hubiera gustado conocerlo, me hubiera gustado tener más recuerdos de él. Y tú, ¿vas a extrañar a tu padre?
-No. Hace años que rompimos toda relación.
-¿No tienes un buen recuerdo con él?
-Un verano fuimos a visitar a su familia al norte; desde la carretera él ya iba cantando y se le veía alegre. Durante todo el viaje fue cariñoso: besaba a mi madre y palmeaba nuestras cabezas. Estando ya en el pueblo me llevó a la peluquería, a la que él iba de niño, me dijo. Me cortaron el pelo y luego él me compró un helado. Ese día lo quise. Ese día quise ser como él. –La muchacha se paró de la silla y se puso en cuclillas frente al hombre. Se abrazaron con fuerza, luego sus bocas se comían entre sí. El chillido de la cafetera hizo que el hombre se levantara y fuera hasta la cocineta. Ella caminó hasta el cuarto. El hombre entró a buscarla, en el piso estaba el vestido de flores, las medias oscuras, los zapatos bajos, su ropa interior. Estaba de espaldas, la cara contra la pared, sólo llevaba puesto el abrigo. Él puso su mano sobre el hombro de la muchacha y la giró despacio; trató de besarla de nuevo pero ella dio un salto hacia atrás. Abrió de un golpe su abrigo dejando ver el vientre sangrante, el torax cortado, los intestinos que comenzaban a salirse por la herida roja y brillante.
-Mírame bien pendejo, así soy por dentro.
Casi sin exaltarse, el hombre cogió el teléfono y marcó un número.
-Necesito una ambulancia. Acabo de herir a una mujer. También envíen una patrulla, me quiero entregar.
La muchacha bufaba en la cama de sábanas ensangrentadas. Él buscó en el bolso café que estaba en el piso el paquete de cigarros. Sacó uno, lo encendió y vio como el humo subía buscando la bombilla de la habitación. Se quedó fumando, acariciando el cabello oscuro de la chica y esperando a que vinieran por él.
Había pensado en no dejar palabras al pie de esta entrada, pero sucumbí... Los finales así me encantan...
ResponderSuprimirBuen texto, me recordó a una historia que escribí hace algunos años...
Ya me pasaré seguido por aquí. Saludos!
ya lo pegué en el refri. te amo, flaca.
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